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Pocas
veces la imagen de una comunidad está tan ligada a un
producto artesanal y tan representada por el como la
ciudad de Albacete por la navaja, y muchos son los
escritores, locales y foráneos, que se han hecho eco de
esta indisoluble unión. Hasta hace veinticinco años
todavía salían los navajeros, con el enorme muestrario
alrededor de la faja, a los trenes y autobuses para
ofrecer las navajas y los cuchillos a los viajeros; hoy
ha desaparecido de las estaciones esta ancestral imagen.
Tal
es la fuerza del emblema, que aun se mantiene la tradición
entre los albacetenses de no regalar la navaja ni a un
amigo, sino de vendérsela, a cambio de un precio simbólico,
porque de no hacerlo así se "cortaría" la
amistad.
Algunos
autores, como Hermosino Parrilla, en 1765, o Merino Álvarez,
en 1915, o Rodríguez Lorente, en 1967, han afirmado,
sin indicar las fuentes en las que se han basado, que
esta actividad fue heredada de los musulmanes; algunos
caracteres estilísticos a iconográficos de las piezas
y varios indicios documentales indirectos así parecen
indicarlo, pudiendo ser la vecina Chinchilla, que fue
enclave de cierta importancia en época islámica, la
que influyera en ello.
Las
primeras noticias que conocemos, muy escasas, proceden
del siglo XV y dan la impresión de que por entonces la
actividad cuchillera en Albacete no tenia aún
relevancia. Del siglo XVI conocemos, igualmente, pocas
referencias, pero algunas pueden indicar cierto
desarrollo, y de esta época son los ejemplares mas
antiguos de los que tenemos constancia: unas pinzas
realizadas en 1573 por un maestro apellidado Torres y
unas tijeras que pertenecieron a la colección Rico y
Sinobas. De la segunda mitad de la centuria ya tenemos
testimonios documentales con nombres de varios espaderos
y cuchilleros albacetenses.
Del
siglo XVII hay muchos testimonios y se conservan
numerosas piezas fechadas en el ultimo tercio de la
centuria, lo que significa que por entonces, sin que
sepamos con certeza ]as causas de ello, Albacete ya
contaba con una destacada y consolidada manufactura de
cuchillos, puñales, navajas y tijeras. El 90 % de los
talleres estaban situados en la calle Zapateros y un
pequeño grupo, el 16 % de los censados, en la Puerta de
Chinchilla. El emplazamiento y los nombres de muchos
maestros y oficiales espaderos y cuchilleros de la villa
en el periodo se conocen, en gran parte, gracias a las
investigaciones realizadas por Martínez del Peral;
entre los menestrales destacaban algunos que Ilevaban
los apellidos Alcaide, Arias, Benítez, García, Gómez,
Martínez, Montero, Torres, Vicén Pérez y Ximénez.
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Tanto
los testimonios documentales como las obras ya son
abundantes en el siglo XVIII; es, sin duda, una época
esplendorosa de la cuchillería albacetense, a pesar de
que la legislación restrictiva y prohibitiva que
afectaba a buena parte de la producción comenzó a ser
muy abundante a lo largo del siglo y de que el sistema
gremial comenzaba su decadencia y poblaciones
renombradas en esta actividad, como Toledo, estaban en
aguda crisis. Solamente los talleres de algunos centros
catalanes y los de Albacete mantuvieron un alto nivel
productivo y artístico; cuando, hacia 1765, Hermosino
Parrilla compara las realizaciones de ambas zonas,
escribe que "todas las piezas (las de Albacete) son
curiosas, y excelentes, tanto que en lo fume igualan a
las barcelonesas, pero en lo grabado las exceden".
Los aportes documentales del citado Martínez del Peral
permiten conocer que el emplazamiento de los talleres se
diversifico con respecto al del siglo anterior, no
localizándose en núcleos tan bien delimitados y
concentrados como antes: la calle Zapateros, con el 32 %
de las domiciliaciones, seguía siendo el centro del
foco más importante, pero, tanto ella como la zona de
su alrededor, pierden peso en el conjunto de la villa ya
que allí solamente quedaba el 40 % de los menestrales;
por el contrario, la zona en torno a la Puerta de
Chinchilla no solo mantuvo su importancia, sino que se
expandió por algunas calles limítrofes.
A
finales de siglo trabajaban unos dieciocho maestros
cuchilleros y a to largo de la centuria encontramos
excelentes artífices, unos que llevan los apellidos
anteriores, otros que los tienen nuevos, como Arcos,
Castillejos, Cortes, Garixo, Griñán, León, López,
Munera, Romero, Sevilla y Sierra.
En
el siglo XIX son numerosos y unánimes los testimonios
que indican que la cuchillería albacetense era conocida
en toda España y en diversos lugares de Europa; en este
sentido se manifiestan todos los informes económicos,
manuales, diccionarios y libros de viajeros de ese
tiempo, y en ellos podemos encontrar los primeros datos
de la producción, con frecuencia contradictorios,
información esta completamente desconocida para
periodos anteriores.
Hay
que destacar tres características significativas para
este siglo: por un lado, la indiscutible celebridad y
considerable producción que había alcanzado la
cuchillería albacetense a pesar del duro enfrentamiento
comercial con las producciones extrajeras, francesas
especialmente, que invadían el mercado español, y de
las restricciones que una rigurosa legislación
prohibitiva imponía; por otro lado, la nula referencia
que se observa en todas las fuentes con respecto a las
tijeras, lo que coincide con la practica inexistencia de
piezas conservadas ? circunstancia que nos hace pensar
que las espléndidas tijeras de escribanía dejaron de
fabricarse a partir de principios de la centuria ?;
finalmente, la creciente implantación de los
procedimientos de seriación industrial.
En
esta centuria se puede seguir apreciando el progresivo
desplazamiento de los obradores desde la zona oeste de
la villa a la opuesta del este?nordeste, y de tal manera
que en 1847 se concentraban en el drea que tiene como
centro la Plaza de las Carretas el 65 % de los
cuchilleros; cuarenta años después, en 1887, el barrio
de San José ? en el que estaba ubicada la zona
dominante anteriormente nombrada reunía el 60% de las
fraguas; solamente en la calle de Santa Quiteria vivían
más del 20 % del total de un censo en el que se incluían
los nombres de 58 personas, todo hombres, que tenían
como profesión la cuchillería.
A
finales del siglo XIX, el sector tenia considerables
dificultades para vender sus productos y con esta técnica
comenzó el recién concluido siglo XX. Los datos que
reflejan la bibliografía y la documentación son,
frecuentemente, contradictorios, seguramente porque una
coca era lo que recogía la estadística oficial, en
especial la que tenia fines contributivos y que, por
ello, se elaboraba en función de determinados criterios
y condiciones, y otra muy distinta la situación real.
Las fabricas mas destacadas por entonces eran las de
Justo Arcos Aroca, López y Compañía, Sánchez
Hermanos, Joaquín Zafrilla y La Industria; algunas ya
con la incorporación del motor eléctrico.
Un
documento de 1908 nos muestra el proceso de transformación
que se estaba produciendo en el sector cuchillero de la
ya ciudad, con la polarización del mismo en fábricas,
escasas, y en talleres, numerosos y, a veces, muy pequeños
y familiares; en las primeras, la producción dejaba de
ser totalmente artesana y se convertía en plenamente
industrial, en línea con la tónica del modelo de
industrialización que se crea en las dos primeras décadas
del siglo, favorecido después por el periodo de auge
que para los cuchilleros de la población significo la
Primera Guerra Mundial, y cuyos rasgos estructurales se
mantendrían hasta mediados de la década de los
cincuenta; en este periodo aparece un grupo de
empresarios dispuestos a invertir y a arriesgar en
proyectos mercantiles, industriales y financieros. En
1925 funcionaban doce fábricas de navajas y cuchillos,
además de varios pequeños talleres; unos cuatrocientos
operarios producían anualmente mas de treinta mil
docenas de navajas.
Sánchez
Sánchez indica que en 1930, las catorce mayores
empresas cuchilleras ocupaban a cuatrocientos treinta y
cuatro obreros y que ocho superaban las cien docenas de
piezas anuales, alcanzando cuatro de ellas la producción
de ciento cincuenta docenas de navajas cada semana. La
capacidad total del conjunto era de sesenta y dos mil
docenas anuales, pero la escasez de la demanda había
pasado la época de bonanza que supuso la contienda bélica
mundial y reducía la producción a unas cuarenta mil.
En
la época de los años cincuenta, en pleno aislamiento
español, apareció una crisis que se puso claramente de
manifiesto entre 1955 y 1959: solamente tres talleres
pasaban de diez obreros y tan solo uno tenía mas de
quince; sobre ella incidió, nuevamente, la adversa
legislación, ya que en 1945 se publicaba una ley. que
prácticamente ha llegado a nuestros días, prohibiendo
las navajas cuyas hojas puntiagudas excedieran de once
centímetros. Surgieron y se multiplicaron los
almacenistas que se dedicaban a facilitar material a los
pequeños talleres y a comprarles la producción,
compitiendo así ventajosamente con las fábricas al no
tener gastos sociales. Los pequeños talleres, para
abaratar la producción, realizaban un trabajo a
domicilio especializado en una fase determinada de la
elaboración, que se ejecutaba a base de métodos
artesanales; luego, el proceso se completaba con la
concentración de las piezas en determinados obradores
para su montado y acabado. Este trasiego de unos
talleres a otros dejando y recogiendo la
"faena" era notorio, tanto, que la de ver a
los aprendices recorriendo las canes en bicicletas con
cestas situadas delante del manillar o cajas sujetas por
encima de la rueda trasera se convirtió en una estampa
ciudadana característica.
El
desarrollo de tres o cuatro empresas, favorecido por la
Feria Nacional de Cuchillería de 1965, y por los de las
que posteriormente se sucedieron, dio impulso a esta
industria, que inició la búsqueda de nuevos mercados.
En 1971, unos cien pequeños talleres trabajaban en
conexión con las cinco firmas mas destacadas (cuatro de
Albacete y una de Madrigueras) que dirigían el proceso.
En
1975 había 74 empresas cuchilleras con un total de
quinientos trabajadores, siendo unas cuarenta de tipo
familiar. A partir de entonces, las fabricas comenzaron
a conseguir una gran expansión, alcanzando una producción
de mas de cinco millones y medio de unidades, de las que
se exportaban al extranjero una pequeña parte, que
alcanzaba el 1'5 % del valor total. Esta industria
cobraba gran importancia en el ámbito nacional, ya que
las provincias de Albacete y Ciudad Real tenían el 58 %
del total de empresas censadas en todo el estado.
Durante
los años siguientes se fue produciendo la progresiva
modernización de muchos de los establecimientos,
aunque, frecuentemente, con un irregular ritmo de
implantación motivado por causas de diversa índole,
estas transformaciones dieron como consecuencia una
clara polarización en fabricas bien mecanizadas y con
producción en serie de navajas, cuchillos, cuberterías,
etc., y en talleres pocos y en fase ya residual , donde
se continuaba trabajando con procedimientos aun
esencialmente artesanales y en los que, sin embargo, se
seguían creando las piezas que proporcionaban prestigio
artístico a la cuchillería de la ciudad. Pero junto al
despegue, otra vez las restricciones legales: en
septiembre de 1981 nuevas disposiciones prohibían
determinados tipos de navajas y oscurecían el horizonte
productivo; como hacia siempre, el sector supero los
obstáculos haciendo use de sus cualidades características:
esfuerzo, constancia a imaginación.
Hoy
hay unas setenta empresas, emplean a casi dos mil
personas y producen por valor de unos diez mil millones
de pesetas anuales, sin tener en cuenta el de las
industrias auxiliares; de ellos, alrededor de dos mil
quinientos proceden de la exportación.
Durante
el ultimo cuarto de siglo, la inmensa mayoría de los
establecimientos han ido cerrando o abandonando las
zonas tradicionales, produciéndose otra traslación de
las cuchillerías, hecho que ha dado lugar a una nueva
nuclearización, ahora solamente de fabricas;
actualmente casi todas se encuentran en el Polígono
Industrial "Campollano".
Nuevos
bríos emanan de la cuchillería albacetense; la creación
de FUDECU es una viva muestra de ello y fruto de su
actividad es la puesta en marcha de la Escuela de
Cuchillería; con ella, como dice la tradición que
musitaban los maestros de antaño cuando templaban las
hojas, "...buen temple habremos, si Dios
quiere".
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